lunes, junio 27, 2005

"God is easy and the Devil is deep and Heaven is a Hell that's gone to sleep God is the reason and the Devil his cause Life is a season and Death is a pause..."

El Confeccionista de Sandwiches. CAPÍTULO 1

"Pulso. Pulso firme, sin pulso. Rigor Mortis y el rigor del caso exige algo de decoro, quizá un smoking. Algo para cubrirnos del frio con ostento y consciencia de clase, porque siempre hace frío en la cumbre y bajo toda esa tela siempre estaremos desnudos de manera simiesca, como estudiada por un antropólogo hambriento, en una lógica gramática en la que Darwin y Newton riman. Evolución y gravedad, todo se cae por su propio peso y los 90's nos trajeron a un estado de mojigatería hipócrita en la que todo es pecado y todo es malo y está mal enamorase de mujeres jóvenes y está mal tener varias amantes y está mal buscar algo de satisfacción en el voyeurismo y está mal tener más de dos o tres parafilias. Joder: qué tragedia de época en la que todo está de rigoroso luto religioso protestante y conservador. El cine ya no ofrece amplias gamas de pecado y todo es un puñado de mentiras adolescentes. Menos Légolas y más Lux Lesbon. Más rodillas y menos tipos, menos desnudos frontales. ¡Abajo la falocracia! Necesitamos más vaginas y más disposición al roce, a la malicia, a viejos verdes biches como yo dispuestos a mirar por debajo de la falda a virginales niñas y dispuestos a seguir la línea curva de las nalgas de las mujeres. Hay que ser sexualmente abiertos para que la represión no nos obnubile ni nos queme las neuronas con fantasías o nos queme la vida en la carcel con violaciones y abusos. Menos Prozac y más trabajo, más sexo. Sexo con o sin genitalidad, sexo con o sin coito. Lo importante es la proximidad al orgasmo y la satisfacción jadeante del deseo, sin importar las herramientas ni los métodos. Más turbación entre amantes: yo entre sus manos y mis dedos entre sus piernas. Un orgasmo seguro, voyeurista que no nos distraiga con genitalidades peligrosas y permita un goce más amplio de los placeres visuales. Más sexo oral y menos chárara. Procacidad al 100% y todo nos remite al sexo en una época convulsa en la que los adolescentes ya no viajan a las droguerías a comprar cigarrillos y condones, revistas Suecas y gringas de silicona. Todo viene higiénicamente empacado al vacío dentro de esa pantalla que usted, mi buen amigo y mi adorable amiga, está leyendo. Y no crea ni por un segundo que yo soy un desviado sexual, una oveja descarriada o un descarado. Lejos estoy, ni más faltaba. Soy un defensor abierto de los tabúes porque éstos generan la mejor sexualidad, la que no compromete y la que busca válvulas de escape en la exhibició accidental de un escote o el roce incidental de unas nalgas. Cualquier cosa, pequeña e insignificante, dispara los mecanismos eréctiles y traiciona al subconsciente, sirve para elaborar fantasías y sirve para darle textura a lo imaginario. Los tabúes son una lengua tibia que se enrosca como una serpiente para dar las mejores mamadas. El sexo ya no vende: el ideal de sexo sí. Mujeres diseñadas por computador, mentiras con labios rojos y pezones puntiagudos dispuestas a vender cualquier estupidez. Todo remite al sexo, todo nos lleva al sexo y sin embargo vivimos en un verano insoportable, despreciable y apenas lógico: claro, más allá de la perfección física no queremos nada. ¿Y qué de aquellos a los que nos seduce la vulgaridad de vez en cuando? ¿Y de los que, una vez en la vida, sienten la necesidad de un placer obsceno? Somos hombres malos, lobos feroces y voraces que devoran con los ojos, que se emborrachan de almizcles y ven oportunidades en cualquier movimiento pélvico de una mujer casual. Somos una tribu de parias, tristes y melancólicos como el Putas con nostalgias de coños apretados y que viven con un rictus constante de insatisfacción , con la triste nostalgia del niño que descubre precozmente la lujuria y tiene que esperar a la adolescencia para acceder a la voluptuosidad de la carne (insatisfecho porque su cuerpo ya no es de niño y ahora es un estorbo plagado de acné y angustia...). Somos una tribu triste de enfermos y desadaptados, mi buen amigo: Sabemos quienes somos y siempre reconocemos la mirada leonina en los ojos del otro. Somos tan dolorosamente obvios cuando miramos, cuando la entrepierna empieza a tallar ante la presencia de algo bello. Un flash, una exposición leve a unas tetas (grandes, pequeñas... la forma no importa.. .es el acceso a esa piel lo que nos perturba) en un lugar público nos hace vulnerables o torpes. Una boca muy roja, unas pecas bien distribuídas, unas nalgas que enmarquen bien la vulva desde atrás, unas rodillas desnudas... todo son gatillos y el arma pende de nuestros tristes falos - la memoria viva de nuestra corporeidad.

Así que es verdad, mi buen amigo: nosotros, los taciturnos pervertidos pensamos con la verga. Pero no ponga esa cara: lo hacemos porque no queremos inmiscuir en corazón donde no cabe. El corazón es del tamaño de un puño mientras que la verga (incluso la más escandalosamente grande) es siempre manejable... diríase dúctil, incluso dócil.

Ahora, observe. Mire por encima de mi hombro, a sus doce en punto. ¿La vé? ¡Claro que la ve! Cabello rubio, el rostro de una diosa griega (tan delicado como sutil, aún adolescente... nietas de Dorian Gray que nunca envejecen por fuera), hombros anchos, ligeramente masculinos, pecas por todas partes, tetas del tamaño de esta taza de café, caderas enormes, nalgas de curvas redondas que sirven como telón entreabierto para una vulva del tamaño exacto - ¡feliz coincidencia! de la palma de la mano... de su mano. ¿No me cree? Mire ese pubis e imagine la curva que traza hasta el perineo, casi hasta llegar al ano... y ahora mida la distancia desde la tercera línea al final de su muñeca hasta la punta de su dedo Corazón... es fascinante. Sencillamente fascinante. Pero no la imagine desnuda. Solo imagínese trazando el triángulo que se ve desde atrás entre sus piernas. Trácelo con el dedo... No la imagine desnuda, no se imagine follando con ella... ¡Es importante que no se distraiga, joven! Solo imagínese mirándola. Siga el movimiento armónico simple de sus nalgas... ¿ve lo apretado, lo ridículamente apretados que resultan esos pantalones? Bien...

... la cacería ha empezado. Me gusta verle al rostro en este momento, joven. La sangre hirviendo, las mejillas rojas... es usted uno de nosotros, mi buen amigo. Un coleccionista a todas luces."


(Primer capítulo de una novela fragmentada, "El Confeccionista de Sandwiches" por Juan Camilo Herrera. (c) Todos los derechos reservados. 2005. )

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