jueves, septiembre 01, 2005

No puedo evitarlo: la nostalgia se para al lado del café con la mirada incisiva de un viejo vagabundo y no me deja tranquilo. Trato de pasar la amargura con sorbos largos de té pero el aroma me recuerda - ¡Implacable, incapaz de conmoverse!- a esa piel foránea que aparece en mis cuentos para ser artífice de la ausencia.

El té no es lo suficientemente fuerte para hacer lo que el alcohol debe hacer. El alcohol no es lo suficientemente fuerte para hacer la labor del plomo. El plomo no lleva a la muerte, la Muerte no borra el olor a piel, la piel resiste los rasguños del tiempo, el tiempo no es suficiente. La metáfora fácil de lo dulce y lo tibio, lo gastronómico y el amor. La quiero dentro de mí como pastillas para dormir y no soñar. La quiero dentro de ella como filtro para soñar sin sopores.

Extraño con una intensidad temeraria, con el vértigo de los ángeles caídos y la pretensión de Wilde si él hubiera amado a las mujeres. Amo y desprecio, amo y señor de mi soledad. Extraño - de hecho y ontología. Extraño con extrañeza, sorprendido del alcance de mi memoria. Si me concentro lo suficiente, puedo recordar todas las veces en las que evité decirle que la amaba - incertidumbre de no saber si, cuando lo dije, fue amor o deseo. No lo dije y ahora no lo sé.

Extraño.

Archives