sábado, octubre 08, 2005

"...Between the devil and the deep blue see."



Detrás de cada palabra que manaba de su boca existía una lógica pura. Donde nosotros, los demás, tratamos de escondernos en explicaciones ornamentales, ella se limitaba a responder con un "porque sí" o un "porque no", en parte por el placer saludablemente sádico de no tener ninguna responsabilidad en cómo deberían entendernos los demás. A pesar de eso, él sabía perdonar ese enigma carente de enigma, lo entendía como la manifestación difusa de la lógica en el lenguaje de los ángeles. De todos modos ¿Él qué iba a saber de ángeles?

Un fin de semana que no duró lo suficiente.

Él se pasa la vida mirando mujeres y escudriñando más allá del culto de los diseñadores a las pudororsamente llamadas "formas femeninas" (entendidas en círculos menos selectos como "tetas y culo") para buscar algo de magia (un rostro infantil, una secuencia de pecas diseñada por Kandinski en el éter, unas piernas largas, una voz dulce). Ella ya tiene demasiadas cosas por hacer y en ese tiempo no hay espacio suficiente para tomar nota de cada desvarío e ir armando un diccionario de definiciones móviles. A lo lejos, cuando él no está, ella celebra - no sin algo de reserva - su locura como una pequeña muestra de libertad - uno de los pocos rasgos que no son ambivalentes en él. Ella se encarga de hacer de la belleza algo tangible y él se encarga de abstraerlo todo para que el subconsciente lo disfrute como una buena taza de café.

Un fin de semana que no duró lo suficiente.

A veces ella se le aparece en sueños lúcidos como una voz al otro lado de la línea.

Cierra los ojos y duerme. La cama gira 180º y el piso se proyecta desde la cabecera como un horizonte. Poco a poco se va materializando la luz sepia filtrada por las sábanas como una película de los setentas (colores cálidos, calidad granulosa). Se materializan las cobijas, la mesa de noche repleta de periódicos con letras que se derraman sobre el piso y que parecieran ascender como chorros a presión. La luz es naranja, ambarina. El calor de su cuerpo reverbera en la pélvis y se deshace en ecos. Los cuerpos se vuelven un collage de fotos cobrizas y pálidas en el que, por la magia del cuarto oscuro, el rostro preserva su policromía no sin ciertos brillos cálidos, terrenos. Las imágenes son angulosas, cortes de paralelipípedos que se superponen a distintas escalas, pero todo lo que pasa por el filtro del tacto es curvo, oblicuo. Su cuerpo se siente liviano, aunque es difícil ubicar en un plano dónde está ella. Solo su rostro es claro y en él se dibuja una expresión que, aunque familiar, es nueva: la boca entreabierta, los labios diabólicamente rojos acompasando la respiración rítmica, los ojos entrecerrados sobre los que brilla una capa de rocío y una constante tensión dolorosa.

Un golpe en la puerta. El fin de semana comienza con cierta dificultad para levantarse de la cama y salir al baño para tomar una ducha de agua helada y la duda de quien despierta de un sueño y todavía se pregunta si todo fue verdad. Los sueños se olvidan rápido. De otra manera, la información de éstos se confundiría con la realidad y los recuerdos serían híbridos.

Él hace un esfuerzo para imaginar la mañana de ella mientras se cepillaba los dientes, pero perdió la esperanza de acertar tan siquiera en tres acciones y su orden. Ella se limitaba a responder con un "porque sí" o un "porque no" a preguntas que solamente él podía hacer con cierto desparpajo y ella ignorar con la sabia displicencia de una mujer victoriana. En ese punto, en el momento en el que se empiezan a discutir funciones orgánicas, folículos pilosos y hábitos de higiene, es donde el amor y la vida humana son incompatibles.

El espejo le devolvía un cuerpo rollizo e inmaculadamente blanco, una piel tersa y salpicada de cicatrices. ¿Qué clase de pudor lo obligaba a usar una toalla alrededor de la cintura mientras nos cepillamos los dientes? La dejó caer sobre sus pies y sonrió para sí. Al menos un acto de su vida ya no era producto de las imágenes publicitarias en las que parejas perfectas se cepillan los dientes al unísono frente a la cámara. Pero no había cámaras en su casa y el espejo le devolvía la imágen seráfica de su desnudez imperfecta y plácida. ¿Y qué tiene de malo imaginarse a uno mismo desnudo? El espejo del baño solo mostraba el torso, la cabeza y los brazos. Lo demás podía imaginárselo por la aliviada flaccidez de su miembro y las rodillas débiles. El pudor nos evita imaginarnos a nosotros mismos desnudos. Si pudiéramos, haríamos el amor con escafandras de buzo porque a él y a nosotros se nos ha enseñado a odiarnos.

El fin de semana solo empieza cuando ella aparece. El sentido a sus monologos solo aparece cuando ella se sienta frente a él y habla. Los sueños aterrizan en definiciones concretas e historias solo cuando ella se ríe. La piel descubre que tiene una misión cuando sus rodillas se rozan y sus dudas son brasas cada vez que él se imagina su espalda a la luz ambarina. Mientras ella habla, él se esconde tras la taza de té para verla y oírla mejor. Si pudiera, llevaría una grabadora para escuchar la conversación luego.

La vida de los ángeles es aburrida. Casi todos son una colección de misóginos, impertinentes, retrasados sociales y una colección de sociópatas e indecentes salida de cualquier novela negra. En el mejor de los casos, los menos problemáticos son tediosos, moralistas y quejumbrosos. Pero todos, absolutamente todos, gozan de 27 segundos de belleza.

Son bellos en el recuerdo, son personas normales con halos fulgurantes - ¿o es que no nos hemos quedado mirando a ilustres desconocidos solo porque tienen "algo"? - son los rostros juveniles y las bocas rojas, los ojos azules y el perfil perfecto, los muslos y la espalda, el té y las galletas, los instantes en los que ella habla de ella olvidándose de ella misma, los instantes en los que él se permite creer en todo lo que ella dice, las rodillas que se juntan bajo la mesa, la hipersensibilidad de la cafeína, la tela que acaricia todo el cuerpo, las fantasías eróticas en tiempo real, la lógica en la que todo concuerda y todo lo que ella dice es sensato, la ilógica en la que nada concuerda y él se ríe solo porque en ese momento es demasiado feliz y la forma en la que ambos, sosegando cada sentido, se van acercando y el perfume de ella entra en el halo de té y cigarrillo de él. Lo olfativo remite a lo táctil, el tacto lleva a la vista, los ojos se posan sobre las bocas, el caudal sanguíneo se hace casi audible y viaja a los labios - al vientre, al infinito... - y finalmente la tensión superficial de dos gotas de agua se hace añicos en un beso que se desparrama sobre la superficialidad fría del café ante la mirada inquisitiva y despectiva de los meseros.

Pero la vida sigue siendo aburrida.

jueves, octubre 06, 2005

Eligió el mejor día para desempolvar una sonrisa que tenía guardada en el cajón de la mesa de noche. Un día opaco, frío y sucio como una mancha de moho en las baldozas del baño. En una baldoza vertical, justo frente a la taza, hay una polilla durmiendo, soñando con el zumbido eléctrico de todas las bombillas que ha visto en su corta vida. Los hombres como él extrañan a sus ex novias mientras están sentados en la taza. Las polillas extrañan la luz y ambas memorias extrañan el calor porque la reproducción, tanto en humanos como en insectos, es un mal necesario.

Pero ese día tuvo ánimo para desempolvar la sonrisa, sacarle las bolitas de naftalina y alisarla rápidamente con la mano.

El día se oscurecía. Mitad lluvia, mitad anochecer. Él finalmente había dejado de agonizar en su bañera para erguirse, halar la cadena que une la cerámica con el tapón de goma negro y dejar que su piel muerta se fuera por el desague para emerger como una versión de sí mismo modestamente gloriosa y renovada por la acción dermoabrasiva del estropajo y algún jabón astringente.

Minutos después, eligió perezosamente la ropa para la noche. Algún impulso lejano y ridículo lo obligaba a elegir solo ropa negra, como si la hora se fuera a prestar para alguna ceremonia, como si la noche encerrara algo más que la ausencia de luz solar. La noche se esconde tras la oscuridad para no hacer tan evidente que, en el fondo, es tan vana y estúpida como cualquier otra parte del día.

Caminó una hora sumido en un trance que ni siquiera él pudo explicar. La ciudad era la suma de proyecciones de distintas películas sobre una superficie blanca. Todas a destiempo, todas como la copia granulosa de una ciudad original. Solo cuando sintió el vaho de los calentadores de gas y el café como una presencia etérea entre su ex y él. Una presencia apenas menos infranqueable que la de sus amigas, embebidas en el trance estrogénico de la conversación.

Finalmente sacó a relucir su sonrisa. Una hilera de dientes blancos, pequeños y algo puntiagudos. Encías pequeñas, mejillas rojas que enmarcaban los ojos pequeños y negros cuando se estiraban en un rictus.

Al fondo, Natalia y Jennifer habían dejado de hablar sobre algún pormenor de la semana para mirarlo. Ana María y Diana trataban de no mirar, pero un rayo de luz imprudente se colaba por entre sus dedos para grabar la imágen en sus retinas con la fidelidad de un láser quirúrgico. La gente parecía no entender, pero no se atrevían a preguntar. Las horcajadas, los gritos y el vómito eran más contundentes.

Seguía sonriendo mientras se abría las venas de la muñeca derecha con los dientes.

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