viernes, agosto 11, 2006

No tengo palabras. Wakkariimasen. Ringo-san, wakarimasuka?

jueves, agosto 10, 2006

Se acabaron las tardes en el Altillo de Hacienda.

Tania y Elizabeth renunciaron. Para quienes no lo saben, ellas fueron las meseras del lugar por años. Ellas conocían a todos los que frecuentábamos el lugar, sabían qué íbamos a pedir antes de que lo dijéramos, nos atendían con esmero y son, ante todo, personas entrañables. Pero Harold, el administrador, convirtió al Altillo en un sitio anciano-contemporáneo en el que nosotros no encajamos.

Las mesas del Altillo han sido confidentes y testigos de romances, peleas, tristezas y una colección de instantáneas en las que se resume la vida en este punto, a esta edad. Ya no existe motivo para volver. ¿Volver a qué? ¿A que nos traten como a una plaga? Hemos invertido tiempo y dinero en ese lugar ingrato. Hay que agradecerle a Harold por su gestión para convertir un sitio - un hito ya en la historia del Pandebono - en una geriatricoteca, traquetoteca, mozateca, asalariadoteca y cuchibarbieteca.

Se acabaron las tardes en el Altillo. No pienso volver. Les pediría que no fueran. O que se acabe ese café o que termine de convertirse en un sitio despreciable, no me importa. Una parte de mí quisiera creer que nosotros sosteníamos ese sitio, pero la oferta y la demanda me demuestran lo contrario. Haciendo cálculos, hemos invertido cerca de veinte millones de pesos en ese sitio (entre cafés, cigarrillos y demás). ¿Será que perdiendo a la clientela fija les va mejor?

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